Mi abuela, mi madre y mi hija

Dicen, los que nos conocen, que las mujeres de mi familia somos bravas. Y algo de verdad hay.
A todas, sin excepción nos gusta tener la razón, desde la más pequeña hasta la más grande.
No perdonamos a quien nos lastima. Vamos siempre persiguiendo nuestro deseo a como de lugar. Incluso, a veces, contra las reglas y contra nosotras mismas.
No nos damos por vencidas facilmente y no hay dolor que nos haga bajar los brazos. No le tenemos miedo a casi nada (aunque a veces nos asustemos si nos despertamos a mitad de la noche y está oscuro).
De estas tres mujeres y de las otras que no aparecen en la foto (mis hermanas), recibí el amor más genuino que alguien pueda dar pero también ( y no podía ser de otra manera) las palabras más duras que alguien me pueda decir.
Quizás por la impunidad que soporta el vínculo, nos hemos dicho esas verdades que se tapan para que el mundo no las vea.
Cuando las veo venir, siento el poder que emanan, su temperamento.
A veces funcionamos como una casta. Sin embargo me gusta formar parte de esta familia.

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